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Texto: Javier Méndez Vedia | Fotos: Archivo
y Max Toranzos
Un informe de Regis Debray sobre Bolivia
nunca llegó a manos de Guevara, que podría haber elegido otro lugar. Perú era
una opción. Chapare y Alto Beni también. Los comunistas argentinos eran
demasiado ‘soviéticos’ para apoyar una guerrilla. Hoy se cumplen 38 años de la
muerte del Che. La persona que llevó sus manos está en Santa Cruz.
Lo que más le costó al historiador Pacho O’Donnel cuando
escribía Che. La vida por un mundo mejor, no fue la recopilación de datos (la
prima de Ernesto Guevara refutó varios de ellos) ni los ataques que calificaban
de mercantilista su publicación. Lo que más le costó fue no enamorarse del
personaje.
Carlos Soria Galvarro, uno de los más respetados, tenía miedo de que la
publicación de los documentos no interese a nadie. Sus cinco tomos se siguen
vendiendo, y actualmente están en reedición. El ex canciller Juan Ignacio Siles
del Valle dedicó varios años a investigar este momento histórico. “Cuando
estudiaba los distintos testimonios de lo que fue el último combate del Che, el
del Churo, nunca pude encontrar dos perspectivas coincidentes. No me refiero
sólo a las diferencias entre militares, guerrilleros o campesinos, sino también
a los puntos de vista de los guerrilleros sobrevivientes, sean bolivianos o
cubanos. Comprendí entonces que la novela no podía reflejar una sola
perspectiva. Que debía aspirar a recoger todas, de modo que fuera el lector el
que al final recompusiera su propio rompecabezas”. Así publicó Que el sueño era
tan grande.
Pero Paco Ignacio Taibo II se dejó seducir y el resultado, según Carlos Soria
Galvarro, es Ernesto Guevara, también conocido como el Che, un libro
apasionante, que a pesar de leerse como una novela de aventuras, está muy bien
documentado.
DE
HÉROE A MÁRTIR
Para entender cómo el héroe de Sierra Maestra se convierte en el mártir de La
Higuera, O’Donnel se remonta al momento en que Guevara parte del nuevo gobierno
de Cuba como presidente del Banco Nacional de Cuba (1959) y Ministro de
Industrias (1961), comienza a ver cómo los burócratas soviéticos sugieren
cambios en la economía de la isla.
“Por el apoyo que brinda la Unión Soviética, Cuba se hace cada vez más permeable
a las políticas que vienen de Moscú. Los comunistas ortodoxos se adueñan de las
carteras principales del Gobierno de Cuba. Cuestionan y entran en conflicto
franco con las políticas económicas del Che”, dijo O’Donnel a EXTRA.
El historiador explica que Fidel Castro empieza a enviarlo a largos viajes por
todo el mundo, en parte porque tenía una formidable imagen y porque esos largos
viajes aliviaban los conflictos que se estaban produciendo en el Gobierno. “El
conflicto no fue estrictamente con Fidel, con quien guarda una relación de
respeto y amistad recíproca hasta el último de sus días”, afirma O’Donnell,
también médico, argentino y asmático como su biografiado.
La situación obliga al Comandante a abandonar la isla. Este conflicto, explica
el historiador, se resuelve con lo que se puede llamar la derrota del gobierno
del Che, que es forzado a salir de la estructura. Renuncia a la nacionalidad
cubana y a todos sus cargos en una carta sin fecha que entregó a Castro. Fue en
1965. En abril parte hacia el Congo a organizar la lucha revolucionaria. La
lucha fue un completo fracaso.
Fidel lee la carta en el Congreso Fundacional del PC de Cuba, porque las
sospechas de que lo había matado estaban creciendo.
FIDEL Y SU
ACUERDO CON EEUU
Guevara, explica O’Donnel, fue rescatado del Congo en una operación en la que se
dice que Fidel negocia con Estados Unidos el hecho de dejar salir cubanos
disidentes de la isla. En ese momento se produce una apertura de la frontera
cubana y Fidel permite que salgan cubanos opositores, a cambio de que se le
permita salir a Guevara por debajo de los aviones congoleños y entre las
fragatas del lago Tanganica.
“Es claro que existe una intervencion diplomática que permite la supervivencia
del Che y de varios de sus colaboradores más directos. Eso no sucedió en
Bolivia”.
Después de ese fracaso, explica Carlos Soria Galvarro a EXTRA, Guevara pasó
mucho tiempo en Tanzania, escribiendo su diario de guerra del Congo (que acaba
de ser publicado). Después se va a Praga, de incógnito, durante muchos meses,
pero con la intención de volver a América Latina, probablemente a Argentina, que
era su mayor sueño.
¿Por qué eligió Bolivia?
Tal vez no eligió él. Todo hace suponer que la elección fue apresurada. Guevara
llegó a Bolivia en noviembre de 1966, y es probable que la decisión de pelear en
este país se hubiese tomado en julio. Pombo, que también escribió un diario y
estuvo en Bolivia desde marzo, cuenta los problemas que tuvo para explicar a los
bolivianos y peruanos que la operaciones se desarrollarían aquí, porque
inicialmente trabajaban para luchar en Perú. Al máximo dirigente del Partico
Comunista de Bolivia, Mario Monje, le dijeron que la lucha sería en Argentina.
Monje nombró a cuatro personas y un grupo de apoyo, pensando que debían apoyar
al Che en su paso a Argentina.
Humberto Vázquez Viaña ha recopilado toda esa información y la ha interpretado
en Una guerrilla para el Che. “No me queda muy claro quién definió el teatro de
operaciones. Incluso se compró una granja en Alto Beni. Curiosamente, en
septiembre (dos meses antes de la llegada del Che), llega el instructivo a los
que están esperando, de que se traslade todo al Alto Beni, incluso a los de
Ñancahuazú”, cuenta Soria Galvarro.
A los cubanos que operaban en Bolivia les parecía un error grave, y se
resistieron a llevar las armas y la acción a Alto Beni. Por eso afirma Soria
Galvarro: “Convencen al Che de que la cosa sea en Ñancahuazú. Todo está
documentado. Entonces, la decisión se tomó muy poco antes, tal vez en julio, de
que sería en Bolivia”.
Incluso el Chapare era una opción, aunque con menos posibilidades.
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Una
patada. Un oficial de la CIA pateó el cadáver del guerrillero. El
periódico que publicó la foto escribió: “¡Valiente y corajudo
puntapié!”. El oficial cubano vive ahora en Miami, y goza de la amplia
protección del Gobierno norteamericano. |
PARECÍA QUE
ESTABAN DE CAMPING
Con admirable objetividad, el autor de El Che en Bolivia señala una cadena
grande de errores ‘impresionantes’, y ‘tan infantiles’ como el hecho de que
todos escriban diarios o sacarse fotos a cada paso “como si estuvieran yendo de
camping”, critica.
Soria Galvarro insiste en que la selección de la gente, especialmente del grupo
de Moisés Guevara, fue desastrosa. Se reclutó a personas sin aptitud política ni
ideológica para encaminarse en una guerrilla. Desertaron al poco tiempo.
“Se pensaba en Ñancahuazú como una base para reponerse y descansar, porque
probablemente la acción estaría en otro lado, más al norte, tal vez en Chapare”.
La separación en dos grupos (se desprendió la retaguardia), para acercar al
francés Regis Debray a Muyupampa significó que durante cuatro meses nunca
pudieran encontrarse. En este momento, cabe recordar que antes de las acciones,
Debray escribió un informe sobre la situación boliviana, enviada a un jerarca
del PC cubano. Ese material no llegó a las manos de Guevara. ¿Habría servido
para disuadirlo de venir al país? Tal vez no se sepa nunca.
En fin, los dos grupos guerrilleros están poco menos que perdidos, y por eso
siguen actuando en la zona, cuando deberían salir a otros lugares. ¿Acaso no
tenían sistemas de comunicación modernos? “Tenían un radiotransmisor que
funcionaba con gasolina. Ha debido ser un armatoste tremendo para esa época. Las
comunicaciones se les cortaron constantemente. Nunca lograron hacer funcionar su
comunicación por ese aparato. Tenía que emitirse a La Paz y de ahí reemitirse.
Nunca lograron hacerlo”, dice el autor de El Che en Bolivia.
APESTADO EN LA HABANA, EN MOSCÚ, EN WASHINGTON...
Es difícil afirmar si salió una orden directa de Moscú para neutralizar al Che.
Soria Galvarro dice que no fue necesario que los soviéticos emitieran ninguna
orden, porque los dirigentes bolivianos de ese tiempo eran seguidores muy ciegos
de la vanguardia en Moscú. “La Unión Soviética no estaba interesada en usar
insurrecciones en América Latina, sino más bien en abrir relaciones diplomáticas
y espacios de comercio”.
Así se explica la llamada traición del Partido Comunista de Bolivia. “Conocí a
Mario Monje. Decía que, como movimiento comunista, éramos parte de un coro en el
cual la URSS era vanguardia, pero teníamos derecho a una voz propia". La
cercanía con Cuba no significaba apoyo para organizar guerrillas, sino acciones
insurreccionales. El ejemplo fue la revolución de 1952, que señalaba el camino
de la insurrección popular en ciudades, no en el monte.
“Los dirigentes del PC en ningún momento pensaron en guerrilla, ni siquiera
cuando también en esta política de concesiones a los cubanos, mandaron gente a
entrenarse militarmente a Cuba. Querían equipos, cuadros militares que
participaran en un levantamiento insurreccional. Por eso, en mayo y septiembre
de 1965, hubo fuertes choques del Ejército con fabriles y mineros. Hubo muertos
y heridos. Eso les indicaba que el enfrentamiento futuro se daría en ciudades”,
cuenta Soria Galvarro.
Por otra parte, aclara O’Donnell, el Che creaba muchos problemas en los partidos
comunistas latinoamericanos. Había escisiones guevaristas de los partidos
comunistas, lo que comprometía la estrategia de controlar los movimientos de las
izquierdas marxistas latinoamericanas.
O’Donnell cuenta la reunión del jerarca del PC ruso Kosigin con Reagan, futuro
presidente norteamericano, antes de que el premier ruso vaya a La Habana.
“Reagan le dijo que opere sobre Fidel para terminar con las actividades del Che.
Ambos acuerdan que Guevara debe ser por lo menos inmovilizado, paralizado o
eliminado”.
De acuerdo con un testimonio recogido por el biógrafo Castañeda, Kosigin, alto
dirigente de Moscú, le advirtió a Castro: "O cesa la ayuda cubana a las
guerrillas en América Latina o cesa la ayuda soviética a Cuba". Así, según
algunos comentaristas, Fidel no mandó al Che a morir a Bolivia; tampoco lo
traicionó o lo sacrificó; “sencillamente permitió que la historia corriera su
curso, con plena conciencia del destino al que lo conducía. No hizo; dejó hacer.
La batalla del Che en Bolivia fue clave para definiciones de poder en Cuba.
Castro estaba de acuerdo en la revolución continental, pero a su manera”.
UN GUERRILLERO
QUE ODIA A CASTRO
Dariel Alarcón es el verdadero nombre de Benigno, uno de los hombres que más
estimaba el Che. En el libro de evaluaciones, en el que calificaba a otros como
débiles, faltos de carácter y hasta ladrones, se lee: “Muy bueno, un muchacho
simple, sin doblez, fuerte, modesto y trabajador al máximo”. Benigno escuchó de
cerca los disparos que acabaron con la vida del guerrillero el 9 de octubre de
1967. Ha estado en Vallegrande, de incógnito, en fechas cercanas a la
conmemoración del 30 aniversario de la muerte de Guevara. Benigno vivía en La
Habana, pero, decepcionado de la política de Fidel, se asiló en París.
Cuando Pacho O’Donnel lo entrevistó en la capital francesa, le dijo que hay algo
que no puede perdonar a Guevara. “Cuando estaba ya todo perdido y era evidente
que todos iban a morir, Che nos dijo: ‘Mueran con dignidad y que su último
pensamiento sea para la revolución y para Fidel Castro’".
Los bolivianos, mientras tanto, cuando la guerrilla se anotaba triunfos, se
mostraban exultantes. Cuando todo empezó a fracasar, empezaron a decir que
siempre habían señalado que el camino de la lucha armada no era el indicado.
“La guerrilla debía encontrarse en la selva con el líder comunista boliviano,
Mario Monje, para recibir el apoyo de su partido y sus juventudes. Pero en esa
misma fecha, Monje fue requerido en Bulgaria por las autoridades soviéticas y, a
continuación, en La Habana, por Fidel. El apoyo nunca llegó”, escribe el
comentarista Eduardo Chamorro.
El Ejército crea un mito
Con el Che capturado el 8 de octubre, los militares bolivianos se dan cuenta de
que un juicio similar al iniciado a Debray en Camiri podría ser peligroso. René
Barrientos, Alfredo Ovando y Juan José Tórres dan la orden de eliminarlo. El
cubano y agente de la CIA Félix Rodríguez fotografió el diario y el cuerpo, que
fue exhibido durante 24 horas. Tenía los ojos abiertos. “La ‘cristianización’ de
la imagen del Che tiene, creo yo, una raíz más honda. Curiosamente está
vinculada con la imagen del Che muerto y no con la del Che vivo. Al tener los
ojos abiertos, el Che se transforma en el Cristo resucitado, en el hombre que no
sólo lucha por la liberación, sino en el que nos redime a través de su muerte”,
analiza el ex canciller Juan Ignacio Siles.
Por entonces, comienzan las mentiras. La primera consistió en que había muerto
en combate. “¿Cómo es posible que un prisionero apenas herido en la pantorrilla
pueda ser ejecutado, sin forma ni figura de juicio, y no sólo él, sino sus
compañeros, contradiciendo derechos humanitarios y la Constitución?. La mentira
tiene patas muy cortas. Prácticamente desde el comienzo, la versión de la muerte
en combate fue insostenible. Siete libros de autores militares, testimoniales la
mayoría, coinciden en que la ejecución obedeció a una orden superior”, afirma
Soria Galvarro.
Se cuenta de que en el hotel Teresita de Vallegrande, los militares deciden
cortarle las manos para identificarlo. Algunas versiones añaden que el médico
que cercenó las manos del guerrillero, ese 14 de octubre, murió enloquecido,
repitiendo: “Se movieron. Se movieron para despedirse cuando las estaba
cortando”.
Ahí comienza otra historia apasionante. Las manos cercenadas, junto con la
mascarilla mortuoria, fueron entregadas a Antonio Arguedas Mendieta, ministro de
Gobierno y hombre de confianza del presidente René Barrientos. Si era el hombre
encargado de reprimir el movimiento guerrillero de Guevara, ¿por qué entregó el
diario del insurgente, y luego las manos y la mascarilla?
Los militares bolivianos estaban negociando con grandes editoriales la
publicación del documento, cuando Fidel Castro lo publicó en La Habana, en una
edición de gran tiraje. Con la ayuda de Víctor Zannier Valenzuela, un integrante
del Partido Comunista, el diario fue enviado hasta Cuba.
El ex ministro tenía las manos y la mascarilla enterradas en su departamento de
La Paz. En un departamento contiguo vivía Jorge Suárez, periodista y escritor,
que en esa época trabajaba en La Jornada. Fue director del diario Correo del Sur
de Sucre hasta su muerte. Suárez dijo haber tenido por un tiempo las reliquias
en su poder, aunque algunas versiones aseguran que las manos siempre estuvieron
en el departamento de Arguedas.
Se conoce que la CIA sospechaba de Arguedas Mendieta, por alguna relación con
integrantes del Partido Comunista relacionados con la guerrilla de Ñancahuazú.
Fue sometido a interrogatorios extensos antes de que Barrientos lo posesionara
en el cargo.
Zannier era demasiado visible para hacer llegar las manos a Cuba. Jorge Sattori
Ribera, integrante de la Comisión de Relaciones Internacionales del Partido
Comunista, también era un militante demasiado prominente. Algunas versiones
aseguran que la responsabilidad cayó en un hombre que vive en Santa Cruz de la
Sierra, y que en esa época compartía el departamento con Sattori en La Paz. Se
trata de Juan Coronel, que está imposibilitado de brindar cualquier información
acerca de su viaje a Europa con las manos y la mascarilla.
Coronel es un hombre amable e inteligente, pero sabe ser firme: no quiso dar
ninguna declaración ni contar la historia.
Por lo demás, lo que se sabe y está registrado en algunas publicaciones es que
viajó desde La Paz hacia Lima y luego a Caracas, con algunas escalas.
Finalmente, llegó a Madrid y de ahí a París. A su destino final, Moscú, debía
llegarse desde Hungría.
En la capital soviética debía encontrarse con Zannier, quien finalmente llevó
las manos hasta Cuba. Coronel no puede dar declaraciones porque ha firmado un
contrato con una productora holandesa que realizará un documental sobre el tema.
Por estos días, llegará a Santa Cruz la actriz Isabel Santos (Di buen día a
papá), para filmar otro documental sobre lo que piensan los bolivianos del Che.
El tema, por lo que se verá, es una historia interminable.
Invitado
Cuando lo conocí, él estaba
desorientado
Charles Arnade | ‘Bolivianista’
Lo conocí en Bolivia cuando yo estaba haciendo
investigaciones históricas para mi tesis doctoral. Fue en los primeros años de
la década de los 50. Fue un romántico joven aventurero. Creo que escribí algo
sobre este encuentro en la reseña de un libro publicado en el St. Petersburg
Times (ciudad gemela con Tampa).
No me impresionó en ninguna de las dos charlas que tuvimos; estaba medio
desorientado y lleno de ideas que me parecían utópicas. Ernesto Guevara quería
una revolución mundial, etc. etc. Nunca pensé que iba a convertirse en lo que es
ahora, es decir, en un icono.
Según mi parecer, y en referencia a lo que vi en el joven Guevara en Bolivia
hace más de 50 años, puedo decir que este señor, cuando volvió a Bolivia para
fomentar un movimiento al estilo de Fidel Castro en Cuba, carecía profundamente
de un conocimiento de la gente del campo y de las ciudades de Bolivia.
Es decir, desconocía lo que en aquel entonces todavía se llamaban indios y
cholos, que tenían raíces y sentimientos conservadores o tradicionales.
Resultaba sospechosísimo hablar de cambios, especialmente viniendo de una
persona ajena a su región o pueblo, que no hablaba quechua ni aymara, y cuyo
español con acento de Buenos Aires, estaba algo modificado como cubano.
Tenía ideas románticas; no conocía la historia de Bolivia sino en rasgos muy
elementales. Pensaba que lo que Mao hizo en China se podría hacer en Bolivia.
Sus conocimientos eran muy superficiales. Era una receta para fallar.
Recordemos que antes de estar en Bolivia, Guevara fue a África para hacer una
revolución y fue un total fracaso.
Si mi recuerdo es bueno, creo que en nuestra conversación en los 50, un señor
que estaba presente (probablemente el cantinero) dijo: “Este joven argentino
habla pavadas".
A mi parecer, Guevara era un romántico, rebelde, impaciente, de poca profundidad
intelectual y escasa madurez; tenía carisma y lo que en inglés se llama ‘charm’.
No era vanidoso, corrupto ni buscador de riqueza o adornos personales.
Cronología mínima de un guerrillero
1928. Nace el 14 de junio en Rosario de Santa Fe
(Argentina)
1951. Viaje por Latinoamérica.
1953. En julio se gradúa como doctor en Medicina.
1953. En diciembre, en Guatemala, conoce a un grupo de revolucionarios cubanos
asaltantes del Cuartel Moncada.
1956. Parte de Tuxpan, México, en el yate Granma rumbo a Cuba.
1957. Participa en el primer combate victorioso que libró el Ejército Rebelde en
Sierra Maestra.
1959. Batalla de Santa Clara, organizada y dirigida por el Che. Fue una victoria
total.
1959. Es designado Presidente del Banco Nacional de Cuba.
1961.Ministro de Industrias.
1965. Parte hacia el Congo a organizar la lucha revolucionaria1966
1966.Sale de Cuba. Pasaporte diplomático.
1966. El 3 de noviembre llega a La Paz, con el nombre de Adolfo Mena González.
1967. El 8 de octubre es herido en una pierna. Camina tres kilómetros hasta La
Higuera.
1967. El 9, en la escuela de la Higuera, es asesinado.
Hay
una lectura religiosa de la derrota
El ex canciller Juan Ignacio Siles del Valle ha dedicado
muchos años a estudiar la influencia de la guerrilla en la literatura boliviana
y a los testimonios de la época. Tiene un doctorado sobre el tema en la
Universidad de Georgia.
- Además de una lista en la que figuran obras como Los fundadores del alba,
¿cómo influye la guerrilla en la literatura boliviana y hasta qué década se
extiende esa influencia?
- Cuando se habla de la literatura de las guerrillas casi siempre se piensa en
Los fundadores del Alba de Renato Prada Oropeza, quizá porque recibió el premio
Guttentag y el de Casa de las Américas, en Cuba. Es una obra significativa que
no ha resistido las inclemencias del tiempo. Mucho más importante es quizá su
segunda obra sobre las guerrillas, en este caso sobre las de Teoponte. Me
refiero a una obra casi desconocida en nuestro país Larga hora: la vigilia. Sin
duda, la obra más destacada, desde una perspectiva literaria es Matías el
apóstol suplente, de Julio de la Vega. Es una obra extraordinaria en su
concepción, en su intento de recoger la polaridad de los puntos de vista y en su
desdoblamiento de la historia guerrillera y aquella evangélica. Hay dos novelas
de Oscar Uzín Fernández. Un magnífica libro de relatos de Jesús Lara, Ñacahuasu.
Sueños. Todas ellas de alguna manera comprometidas con la utopía que nos
proponen el Che y sus hombres. Pero también hay obras distópicas. Aquellas que
no creen en la utopía y que la convierten en un infierno. Allí están las
narraciones de Fernándo Diez de Medina, de Fellman Velarde o de Cáceres Romero.
Existe incluso una novela descarnada de Prado Salmón, militar honorable que guió
las acciones tras las cuales fue apresado el Che.
Pocos momentos históricos bolivianos han tenido un impacto tan grande en nuestra
literatura. Sólo la literatura de la guerra del Chaco tuvo una repercusión
mayor. Y esto es muy significativo si se piensa que el momento más importante de
nuestra historia durante el siglo XX, la revolución del 52, no trajo consigo la
producción de grandes obras literarias. Es más, las únicas obras significativas
de esa época, Los deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz, y Cerco de
Penumbras, de Oscar Cerruto, son ciertamente escépticas con respecto a lo que
vino tras el 9 de abril.
Pero cuando hablamos de literatura debemos también pensar en la literatura como
testimonio. Y los testimonios que han quedado de Ñacahuasu son impresionantes.
Desde el Diario de Campaña del Che hasta los escritos ulteriores de Inti Peredo.
Allí están los textos de Pombo, de Rolando, de Pacho, de Braulio, de Morogoro.
Todos manifiestan la realidad de una guerrilla destinada al fracaso por la que
estaban dispuestos a dar la vida.
- ¿Se ha atenuado esa huella en los narradores contemporáneos, o ha cambiado de
forma?
- Es muy significativo que en estos días haya aparecido una importante película
referida indirectamente a la presencia del Che en Bolivia. Me refiero a la
película Di buen día a papá. Es una película excelente, inteligente, que revive
el mito, convirtiéndolo en referencia cotidiana de la historia. Mi propia novela
Que el sueño era tan grande, fue publicada por primera vez en 2001. En ambos
casos, sin embargo, la visión refleja la distancia con respecto a los hechos. No
estuvimos directa o indirectamente involucrados con las guerrillas. Podemos
analizar los sucesos con la mirada crítica que dan los años. Podemos simpatizar
con los ideales que motivaron la guerrilla, pero nuestra realidad histórica es
otra.
Lo mismo pasa con los relatos de Manuel Vargas o Paz Padilla, aunque ellos
sintetizan mejor que nadie el punto de vista de los lugareños, que al fin y al
cabo fueron las verdaderas víctimas de una violencia que les cayó del cielo.
- Ha analizado usted las referencias religiosas en la narrativa posterior a los
sucesos de La Higuera. ¿Por qué eligieron los autores esas referencias?
- La guerrillas del 67 y del 70 fueron el producto de una gran efervescencia
revolucionaria surgida en distintos puntos del orbe. Piénsese como un ejemplo en
la revolución cubana, en Praga del 68 o en el mayo del 68 en París. Esa
efervescencia tenía sus propias raíces en nuestro país y era el producto de las
distorsiones e incoherencias de la revolución del 52 y de la restauración
oligárquica en 1964.
En América Latina, esos afanes y esperanzas revolucionarias estaban teñidos
además de un profundo sentimiento religioso, vinculado con la idea de la
liberación social como camino hacia la construcción en esta vida del Reino de
Dios. No en vano se producen las coincidencias y mutuas influencias entre la
ideología marxista de la revolución y una nueva teología surgida en América
Latina a partir de 1968, tras la publicación inicial de algunas ideas de lo que
posteriormente sería del libro fundamental de Gustavo Gutiérrez, Teología de la
Liberación.
Coincidentemente, los escritores bolivianos interesados en la guerrilla hacen
una lectura religiosa de su derrota. No se trata sólo de la encarnación
cristológica de la figura del Che, sino, más bien, de la identificación de las
luchas guerrilleras con las reivindicaciones sociales y religiosas de una
sociedad que creía que las utopías no sólo eran posibles, sino también
necesarias.
- La iconografía de la que el Che es centro indiscutible, su barba nazarena, su
posterior y actual re-semantización como San Ernesto de la Higuera, ¿se ha
banalizado?
- El ícono del Che es universal. Representa algo difícil de definir. Un vago
sentimiento de rebeldía contra el orden instituido. Se convierte en santón, en
mera fotografía. Pero es un icono desposeído de su contenido más profundo. Antes
que nada refleja a un hombre concreto. Es una historia específica. La historia
de la lucha por la liberación de nuestros pueblos. Pero los íconos son también
formas de lenguaje. Contienen un significado y un significante. Y los
significantes tienen una coyuntura, cambian. Lo interpretan de manera distinta
el revolucionario francés que agita su imagen en mayo del 68, la mujer que
venera su imagen casi religiosa en Vallegrande o el hincha de fútbol que lo
lleva tatuado en el brazo.
- Es usted autor de una novela y de un ensayo sobre el tema. Quién le resulta
más complicado o complejo: ¿el Juan Ignacio ensayista o el narrador? ¿Qué
diferencias hubo entre ambos autores al momento de escribir esas obras?
- No creo poder establecer dos parámetros, uno como ensayista y otro como
novelista. Creo que mi novela, por ello mismo, refleja esa complementariedad. Es
novela, pero también es ensayo histórico; es poesía, pero asimismo es drama. Y
sobre todo es polifonía. Recuerdo mucho que cuando estudiaba los distintos
testimonios de lo que fue el último combate del Che, el del Churo, nunca pude
encontrar dos perspectivas coincidentes. No me refiero sólo a las diferencias
entre militares, guerrilleros o campesinos, sino también a los puntos de vista
de los guerrilleros sobrevivientes, sean bolivianos o cubanos. Comprendí
entonces que la novela no podía reflejar una sola perspectiva. Que debía aspirar
a recoger todas, de modo que fuera el lector el que al final recompusiera su
propio rompecabezas.